La alianza perversa




El principio fundador del cristianismo es una escena por demás aterradora: los judíos pactan con el poder romano la crucifixión de Jesús de Nazaret como consecuencia de su alborotadora presencia, que incitaba a la sociedad de su tiempo a cuestionar las normas. Eso habría de justificar aquel castigo ejemplar, que dejara constancia pública a cualquier persona subversiva, restándole interés en repetir tanta osadía. El gran pecado de Jesús era caminar entre las multitudes compartiendo con las personas pobres y oprimidas de su tiempo, llevándoles esperanza y enseñanzas capaces de devolverles la dignidad y hacerles iguales y semejantes
La iglesia se valió del poder gobernante para anular del escenario a ese alborotador social, dejando exhibida la relación entre Estado-Iglesia y sus entretejidos alcances de control. La alianza perversa ha permanecido a través de los siglos, con la evidencia histórica mostrada en las conquistas territoriales, las cruzadas, las guerras santas en donde, por cierto, los reyes eran coronados por el papa. Objetivo central de esa alianza: poder y dinero, administrar las riquezas y la fe.
La modernidad golpea un poco aquella estructura y aporta un mundo secular en donde el poder religioso intenta ser colocado en el ámbito privado y el Estado en el espacio público, lo cual no significó la ruptura de aquella alianza, todo lo contrario, con una perfecta división, no habría razón de entrometerse uno con el otro. ¿Y dónde queda la fe? ¿De quién depende la esperanza? ¿Qué papel jugamos las personas que no pertenecemos a ninguno de los aliados, pero que nos contabilizan en ambos?
s respuestas pueden ser muchas, pero más que especular, me parece esperanzador y dignificante que a lo largo de la historia de la humanidad, han existido personas que han aportado con su inmenso valor, a propiciar una transformación social en donde los valores que hoy defendemos son la igualdad, la libertad y los derechos humanos, teniendo como punto de partida y llegada la dignidad de todas las personas que confluimos en tiempo y espacio.
En este siglo XXI sigue siendo profético ser una alborotadora social. Trabajar por las personas marginadas y defender las causas de la justicia para llevar esperanza a quienes la han perdido, tal como lo hiciera Jesús de Nazaret. Desde mi teología, estoy segura que el verdadero milagro de Jesús fue devolverles la dignidad a esas personas expulsadas de la comunidad por estar enfermas, por ser viudas, por ser distintas, tal como ahora hay esfuerzos hacia personas LGBT, migrantes, con discapacidad y más. Es evidente que la construcción de un mundo mejor no está en las manos de las fallidas alianzas perversas, sino con la suma de todas las personas que trabajamos por un mundo mejor, al margen de quien gobierne cualquiera de los tronos: clerical o gubernamental.
La visita papal a México y su despilfarro de recursos no me hace desistir de la idea de que también desde esa institución, un día pueda promoverse el respeto y la dignidad sin condiciones. Estoy segura que del cielo jamás ha caído ninguna propuesta que mejore la seguridad, sancione la corrupción y termine con el narcotráfico, por ello sé que no habrá cadena de oración que lo resuelva y que en la sociedad civiltenemos que utilizar nuestras propias herramientas para exigir transparenciarendición de cuentasrespeto a derechos humanosjusticia e igualdad, sin estos elementos, nadie podrá mantener el orden social y los pactos de la alianza milenaria seguirán contra el bien común.
Desde luego se agradece la visita y aún más la despedida, pues deja constancia de que en México tenemos esperanza en un mejor mañana. El cielo podrá seguir siendo una promesa que se construya y disfrute en este mundo como lo diría el mesías. Lo que si no es un dogma de fe, es el hecho de que nos toca en conjunto como sociedad trabajar para abrir espacios reales en donde quepan todas las personas con sus identidades, religiones, ideologías y al mejorar sus condiciones de vida, estaremos gozando del “reino” del que hablaba el crucificado. Las limosnas ahora sabemos que no son tomadas en cuenta para ganar favores especiales, sino que van a las arcas de los administradores de los templos que les provee el Estado costeando las restauraciones de edificios antiguos y arquitectura histórica. Lo que si nos hace falta es dejar de lado nuestras diferencias y sumarnos en el proyecto transformador del mundo mejor en donde “no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer porque todos somos uno”[1] y ese es un gran principio para construir un mundo de IGUALES.
[1] Gal 3,28
Judith Vázquez Arreola
Teologa feminista, maestra en Derechos Humanos
Este texto fue publicado en Mexican Times
http://themexicantimes.mx/la-alianza-perversa/

Epístola de la violencia


A mis 15 años nos enamoramos una amiga y yo cuando cursábamos la Escuela Nacional de Educadoras. La evidente y silenciada relación provocó las sospechas de las demás compañeras, haciendo que ella me responsabilizara, legitimando hacia mí el más vergonzoso y humillante aislamiento. Casi 3 años tuve que soportar aquel acoso, con tal de concluir mis estudios. Era la ciudad de México en 1979.

En aquel momento había solo prejuicios en lugar de información, nada simulaba si quiera el respeto a los derechos humanos, quedando justificada la desigualdad, el acoso, la violencia social y familiar.Todo eso fortaleció mi miedo a vivir y mi ocultamiento.
A veces me hicieron avergonzarme de mi misma por cuantas cosas “decían” que “podría hacerles”, ideas que surgían de todos los prejuicios con los que crecimos. Sentí pánico de no poder ser una mujer como cualquiera y me costaba mucho confiar en alguien pues no quería ser señalada otra vez. La mirada de la gente me intimidaba y muchas veces hice todo por complacerla pero no fue posible.

Años más tarde me volví a enamorar. Comenzó mi primera relación de pareja con una mujer. No desaprendí la violencia, el miedo y ocultamiento. La violencia física se instaló muy pronto pues ella la utilizaba como instrumento de sometimiento y control. Muchas veces me insultó, golpeó y abusó de muchas maneras. Cada vez que ocurría esta situación tuve miedome aisléguardé silencio y acepté creerle que sería la última. Pero no, la última fue cuando tuve que ir al hospital y tomar la decisión de terminar con esa relación para salvaguardar mi vida.
Busqué ayuda e información que pudiera darme elementos para no confundir el amor con una relación abusiva. No es fácil dejar de temer cuando lo que esperas es que te acepten los demás y solo esperan que cumplas con lo que esperan de ti. La educación que replicó mi madre conmigo fue aquella basada en el sometimiento, del sin lugar que ocupaba cualquier niña. Decidí dejar de vivir en el clóset, arriesgarme a ser libre y rechazar el mal trato de la gente abusiva, aposté por la libertad y el amor a mí misma.
Mi ciudad ya no es la de aquella época, ahora existen políticas públicas que contemplan la violencia hacia nosotras; golpear a una mujer ha dejado de ser “esa ropa sucia que se lava en casa” y ha detonado un cuestionamiento en las formas de relacionarnos las unas con las otras apostando por la paridad, derechos en igualdad y detener la educación estereotipada. Aún con todos los cambios permanece la desigualdad entre las parejas de lesbianas; vivir en el closet sigue siendo opción para algunas y ocultar la violencia la única forma de permanecer juntas a costa de lo que sea.
El mío no es el único caso de violencia en parejas de lesbianas, pero lo común es no saber qué hacer, justificar los golpes, aislarse y tratar de “ser buena” para “no provocarla”. Hace poco hicimos la campaña “Lesbianas por la no violencia[1] con el objetivo de evidenciar esas relaciones dañinas e intentar iniciar una ruta de ayuda. Recibimos muchas historias de violencia machista y ahora sabemos que puede ser ejercida por un hombre y también por una mujer. Celos, persecución, chantajes, reproches, insultos, forcejeos, golpes y un largo etcétera. ¡NO los permitas!. Busca ayuda y ten claro que nadie merece ninguna violencia. Será muy importante que las instancias públicas tengan la capacitación suficiente para atender a cada persona con respeto a su identidad y ofrecerle un servicio de calidad.

Saberme con derechos y gozar de libertad me hace caminar en paz y armonía con la claridad de no aceptar ningún tipo de violencia que me reste posibilidades y me margine nuevamente. Hoy vivo sin temor, construyo mi futuro y transformo mi entorno de la mano de muchas personas que como yo, trabajamos por la igualdad y la felicidad de nuestra sociedad.
Judith Vázquez Arreola
Teologa feminista, maestra en Derechos Humanos
Este texto fue publicado en Mexican Times, 23 noviembre 2015