Epístola de la violencia


A mis 15 años nos enamoramos una amiga y yo cuando cursábamos la Escuela Nacional de Educadoras. La evidente y silenciada relación provocó las sospechas de las demás compañeras, haciendo que ella me responsabilizara, legitimando hacia mí el más vergonzoso y humillante aislamiento. Casi 3 años tuve que soportar aquel acoso, con tal de concluir mis estudios. Era la ciudad de México en 1979.

En aquel momento había solo prejuicios en lugar de información, nada simulaba si quiera el respeto a los derechos humanos, quedando justificada la desigualdad, el acoso, la violencia social y familiar.Todo eso fortaleció mi miedo a vivir y mi ocultamiento.
A veces me hicieron avergonzarme de mi misma por cuantas cosas “decían” que “podría hacerles”, ideas que surgían de todos los prejuicios con los que crecimos. Sentí pánico de no poder ser una mujer como cualquiera y me costaba mucho confiar en alguien pues no quería ser señalada otra vez. La mirada de la gente me intimidaba y muchas veces hice todo por complacerla pero no fue posible.

Años más tarde me volví a enamorar. Comenzó mi primera relación de pareja con una mujer. No desaprendí la violencia, el miedo y ocultamiento. La violencia física se instaló muy pronto pues ella la utilizaba como instrumento de sometimiento y control. Muchas veces me insultó, golpeó y abusó de muchas maneras. Cada vez que ocurría esta situación tuve miedome aisléguardé silencio y acepté creerle que sería la última. Pero no, la última fue cuando tuve que ir al hospital y tomar la decisión de terminar con esa relación para salvaguardar mi vida.
Busqué ayuda e información que pudiera darme elementos para no confundir el amor con una relación abusiva. No es fácil dejar de temer cuando lo que esperas es que te acepten los demás y solo esperan que cumplas con lo que esperan de ti. La educación que replicó mi madre conmigo fue aquella basada en el sometimiento, del sin lugar que ocupaba cualquier niña. Decidí dejar de vivir en el clóset, arriesgarme a ser libre y rechazar el mal trato de la gente abusiva, aposté por la libertad y el amor a mí misma.
Mi ciudad ya no es la de aquella época, ahora existen políticas públicas que contemplan la violencia hacia nosotras; golpear a una mujer ha dejado de ser “esa ropa sucia que se lava en casa” y ha detonado un cuestionamiento en las formas de relacionarnos las unas con las otras apostando por la paridad, derechos en igualdad y detener la educación estereotipada. Aún con todos los cambios permanece la desigualdad entre las parejas de lesbianas; vivir en el closet sigue siendo opción para algunas y ocultar la violencia la única forma de permanecer juntas a costa de lo que sea.
El mío no es el único caso de violencia en parejas de lesbianas, pero lo común es no saber qué hacer, justificar los golpes, aislarse y tratar de “ser buena” para “no provocarla”. Hace poco hicimos la campaña “Lesbianas por la no violencia[1] con el objetivo de evidenciar esas relaciones dañinas e intentar iniciar una ruta de ayuda. Recibimos muchas historias de violencia machista y ahora sabemos que puede ser ejercida por un hombre y también por una mujer. Celos, persecución, chantajes, reproches, insultos, forcejeos, golpes y un largo etcétera. ¡NO los permitas!. Busca ayuda y ten claro que nadie merece ninguna violencia. Será muy importante que las instancias públicas tengan la capacitación suficiente para atender a cada persona con respeto a su identidad y ofrecerle un servicio de calidad.

Saberme con derechos y gozar de libertad me hace caminar en paz y armonía con la claridad de no aceptar ningún tipo de violencia que me reste posibilidades y me margine nuevamente. Hoy vivo sin temor, construyo mi futuro y transformo mi entorno de la mano de muchas personas que como yo, trabajamos por la igualdad y la felicidad de nuestra sociedad.
Judith Vázquez Arreola
Teologa feminista, maestra en Derechos Humanos
Este texto fue publicado en Mexican Times, 23 noviembre 2015

El derecho a la verdad, un derecho humano en México

“Que pena que hayamos comenzado hasta ahora, de lo contrario ya estaríamos ahí” – Arthur Schopenhauer 

Han pasado 67 años desde el momento en que Eleonor Roosevelt presentó en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, un documento que confirmaba el compromiso de trabajar en favor de la Libertad, la Paz y la Justicia, un 10 de diciembre de 1948. En esa sesión 183, 48 países votarían a favor, 8 abstenciones, 2 ausencias y ningún país en contra. El sentido era tener acciones claras por la igualdad, privilegiando la dignidad de todas las personas como un valor mínimo para entablar las relaciones entre los países. La justicia social habría sido ignorada durante la segunda guerra mundial propiciando altos índices de pobreza, desigualdad y violencia racial a partir del Holocausto Nazi. Esa utopía llamada Declaración Universal de los Derechos Humanos (DDHH) afirma y sueña con que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, aunque luego no podamos validarlos.

En México los DDHH son Constitucionales desde 2011 y a pesar del gran esfuerzo que implicó dicha modificación no ha sido acompañada de la implementación de políticas públicas que reviertan la desigualdad, que terminen con los privilegios de algunos políticos, que eliminen el abuso de autoridad, que promuevan la paz, la justicia, el respeto a la dignidad y que garanticen “el derecho a la verdad”. Por el contrario, los resultados en materia de justicia e igualdad exhiben números rojos, y han detonado movimientos sociales que lo mismo caminan carreteras que emplazan a las autoridades exigiendo a una voz: verdad y justicia.
El derecho internacional garantiza el derecho a la verdad para aquellas personas víctimas de atrocidades, en México sólo le reconocen bajo esa categoría a quienes han desaparecido y mueren asesinados dejando familias enteras que buscan con desesperación a sus parientes, exigiendo al Estado la reparación del daño.


El Instituto Nacional de Transparencia Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) ordenó este año abrir los archivos en consonancia con el “derecho a la verdad” del movimiento estudiantil del 68, además de impulsar junto a la academia y ONG´s el proyecto “Memoria y Verdad” en donde se incluirán los expedientes de 15 casos emblemáticos como: Ayotzinapa, Tlatlaya, el halconazo de 1971, la masacre en Acteal, Aguas Blancas, Campo Algodonero, Guardería ABC. Momentos de la historia de México que parecieran borrados de la memoria política de quienes gobiernan y que solo con la insistencia de la sociedad organizada han podido mantenerse vivos y en un latente deseo de justicia. Ese proyecto habrá de organizar la información proporcionada de cada casos para crear un expediente rubusto que ofrezca a la ciudadanía la verdad, solo revelada a través del ejercicio del Acceso a la Información Pública.
Con ese antecedente se antoja que el Derecho a la Verdad en México se vuelva un “Derecho Llave” y sirva para abrir cajones y puertas que nos han sido restringidas. Con cuanta nitidez podemos revestirnos ahora del Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que ha detonado un andamiaje para garantizar otros derechos que en 1948 no existían como la Transparencia, la Rendición de Cuentas y el Derecho a la Verdad.

Es preciso hacer un alto cada 10 de diciembre para evaluar cuánto hemos construido en favor de la igualdad, la justicia, la dignidad y la libertad como principios de los DDHH y construir las topias, que es como dice Marcela Lagarde: “hacer posible lo que falta”. El compromiso del Estado sigue pendiente: garantizar todos los derechos a todas las personas y con los mismos nombres.
Judith Vázquez Arreola
Teologa feminista, maestra en Derechos Humanos
Este texto fue publicado en Mexican Times, diciembre 2015